Hola bienvenida, bienvenido a Reflexion…ando. En esta ocasión quisiera contarte de manera breve y con mis propias palabras la hermosa historia de una de las mayores devociones que la Virgen María, madre de Dios, ha inspirado en este nuestro mundo.
La mañana del martes 12 de diciembre de 1531 era una mañana como todas en esa época del año en el norte del Valle de México. Una mañana de invierno fría y de amanecer retardado. Todavía estaba obscuro cuando la cara del hombre moreno con bondadosos rasgos indígenas abrió los ojos, su rostro lucía cansado y estaba cansado porque hacía tres noches que dormía a medias. La causa de su falta de sueño era una mezcla de asombro con inquietud. El asombro porque ya habían sido tres las veces que la hermosa Señora se le había presentado en el monte mientras hacía su caminata rumbo al centro de la ciudad.
Y la preocupación porque con su dulce mirada y voz celestial la bellísima mujer le hacía una petición que el no sabía cómo podía cumplir. Cómo iba a dormir si su mente no dejaba de recordar extasiado el rostro inmaculado de la aparición y eso le provocaba una como ausencia de todo lo que pasaba en su vida cotidiana.
La primera aparición recordaba perfecto había sido el sábado muy temprano y fue en esa cuando la bella Señora le dijo que era la madre de Dios, la segunda el mismo día por la tarde cuando venía de regreso para su pueblo y ahí ella le pidió que fuera a hablar con el Sr. obispo Fray Juan de Zumárraga y le dijera que ella pedía que se construyera justo ahí en la cima del monte del Tepeyac un templo para adorarla a ella y a su hijo Jesús…y que deberían llamarla Santa María de Guadalupe y la tercera el domingo por la tarde que fue cuando él le contó que el Señor Obispo no le había creído y le había pedido que trajera una prueba que probará que no mentía y que sus visiones no habían sido alucinaciones…
En esas imágenes estaba su mente y todo su ser cuando tocaron a su puerta para avisarle que su tío Juan Bernardino se encontraba muy enfermo, tan grave que pensaba que iba a morir ese mismo día y que le pedía encarecidamente que fuera a buscar un sacerdote para que lo confesará y le aplicará los santos oleos.
Presuroso Juan Diego, que en realidad se llamaba Cuauhtlatoatzin entre los chichimecas que eran su origen y su etnia, se dispuso para iniciar el viaje de más de 20 kilómetros que le tomaría varias horas a través de los montes que separaban Cuautitlán de la zona central del gran valle y entonces pensó “si me voy por el camino de siempre quizás me encuentre a la divina Señora y me causa tal dicha y ensoñación que me olvidaré de cumplir el encargo que me ha hecho mi Tío”.
Juan Diego partió por otro rumbo rodeando la falda del monte del Tepeyac. No había siquiera amanecido cuando sintió que el aire helado de esas horas en la montaña se entibiaba y la luz resplandeciente que ya había visto tres veces se hizo presente frente a él. La celestial Señora estaba más hermosa que nunca y sus ojos más tiernos y más compasivos que antes y su voz más dulce que antes pero ahora más enfática también.
Al verla Juan Diego Cuauthlatoatzin se hincó y con pena y devoción le dijo que iba muy apurado porque su tío estaba muriendo y tenía que traerle a un sacerdote pero que sabía lo importante de lo que ella le había encomendado.
La tierna madre con dulzura le dijo:
“Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y te aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia” ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás por ventura en mi regazo? Tu tío estará sano. Sube a la cima del monte y recoge unas flores que llevarás al Obispo como prueba de mi presencia”
El embelesado Juan Diego subió pensando que cómo iba a encontrar flores frescas en esa época del año y fue grande su sorpresa cuando a pesar del frío y la aridez de la tierra encontró abundantes rosas de castilla de todos los colores. Corto todas las que le cabían en su tilma enrollada y con una emoción que no había sentido nunca bajó el monte dirigiéndose directo a la casa del obispo.
El momento en que el humilde indígena chichimeca abrió frente a los ojos del religioso su tilma llena de flores y en ella apareció la hermosísima imagen de la Virgen María de Guadalupe se convirtió en un instante congelado en el tiempo, un instante que como reacción en cadena daría origen a una de las devociones más grandes que la madre de Dios podía infundir en sus hijos, los hombres de este mundo.
Y ahí se construyó no una sino…7 templos en honor a la que se convertiría en la reina de México y emperatriz de América. Desde aquel sencillo recinto que mandó erigir el Obispo Zumárraga justo en el lugar de la última aparición de la Virgen hasta llegar a la impresionante Basílica donde en nuestros días asistimos a visitar y a adorar a nuestra santísima protectora.
La actual basílica de Guadalupe es el recinto religioso católico más visitado de todo el planeta con más de 20 millones de devotos de todo el mundo incluso por encima de la basílica de San Pedro en Ciudad del Vaticano.
Desde sus apariciones la presencia mágica de nuestra madre de Guadalupe dio una nueva identidad al país mexicano siendo utilizada como estandarte de justicia social desde Miguel Hidalgo en la lucha por la independencia hasta Emiliano Zapata en la lucha revolucionaria.
Ser Guadalupano es sinónimo de ser mexicano porque la llevamos en nuestro inconsciente colectivo como pueblo unido lleno de fe en la Bendita y milagrosa madre y en su omnipotente hijo Jesús, Dios padre y Espíritu Santo. Y su devoción se extiende no solo a todos los pueblos de América sino a todo el mundo. Su imagen se adora desde Notre Dame en Paris hasta San Patricio en Nueva York.
Seas o no mexicano…eres un ser de fe ¿qué significa ella para ti?
¿Qué siente tu corazón cuando tus ojos necesitados de ayuda y consuelo se cruzan con los de esta compasiva madre?
¿Cuánta ternura y cobijo has encontrado al contemplar su bellísima imagen?
Estoy segura que como yo…tú has sentido su presencia, has visto sus milagros y la sientes tan tuya como tu nombre, tu tierra, tu lengua y tu gran fe.
Y si últimamente la has tenido un poco olvidada voltea tus ojos hacia ella y encontrarás una paz y un consuelo que solo la madre de Dios que te espera con los brazos abiertos puede brindarte.
Esta reflexión es un homenaje que quiero hacer en Reflexión…ando a la Reina de Reinas…La Santísima Virgen María de Guadalupe, símbolo de unión y de paz en esta nación mexicana que fue escogida por ella para dejarnos la más reconocida y admirada de las pruebas materiales de sus apariciones en el mundo.
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